HISTORIAS DE MAMÁ: Oportunidades y bendiciones

Yeni López llegó a Estados Unidos a los 17 años, trabajó por necesidad y encontró un profundo propósito sirviendo a personas con discapacidad, una experiencia que transformó su vida.

Por JHONATAN NAVARRETE
Adaptación de Katherine Mendez Hernández
Ilustración de Catherine Carstens
EL NUEVO SOL

Llegué a los Estados Unidos cuando tenía 17 años, llegué con la ilusión de superarme, de salir adelante, de querer estudiar, pero no pude porque tenía que trabajar. Se me hizo muy difícil poder hacer las dos porque a pesar de que uno tiene muchos sueños y busca oportunidades, el idioma y todas las situaciones que se presentan en este país son muy difíciles. Entonces, a veces te ves obligada a hacer un trabajo que quizás no quieres hacer, pero debes, aunque esos no sean tus sueños.

Cuando llegué a este país por personas conocidas me involucré en trabajos de fábricas de maquinadoras en costura y todo eso, así fue como comencé a trabajar. Al principio trabajé en una casa donde hacían unos vestidos para niñas. Era muy poco lo que me pagaban en primero, porque era menor de edad, me pagaban $130 a la semana. Después comencé a tener experiencia en lo que era la ropa. Encontré trabajo en otras compañías como planchando, poniendo etiqueta de precio a la ropa, pero igual nunca gané más del sueldo mínimo. Simplemente me pagaban por pieza, por lo que hacía y si no había trabajo, aunque yo estuviera en la compañía, no me pagaban.

Recuerdo que miraba a las mujeres manejando los buses y siempre se me dio curiosidad por decir: “bueno porque yo no puedo manejar un bus.” Cuando no tenía trabajo en las compañías de ropa comencé a buscar una escuela donde me prepararan para poder sacar una licencia comercial y ahí me ayudaron, fue un poquito difícil pero sí me esforcé bastante. Recuerdo que en el departamento de motores y vehículos hicimos cinco exámenes escritos que tenía que pasar. Uno de frenos, otro de aire pasajeros. Los carros grandes tenían que pasar el examen de las señalizaciones y también tenían que pasar el examen de los carros regulares. Luego hicimos el examen práctico, gracias a Dios, lo pasé. Después comencé a buscar trabajo, no era fácil porque siempre te piden experiencia para todo. Entonces comencé a tocar puertas, siempre me decían tienes que tener experiencia en el distrito escolar de Los Angeles, o en la ciudad. Cuando saqué la licencia, recuerdo que en el departamento de motores y vehículos vi a unas personas que venían de una compañía y les pedí su número de teléfono. Cuando me cansé de buscar trabajo contacté a ese lugar porque ya me estaba dando por vencida y estaba a punto de regresar a lo mismo. Ellos me dijeron que sí tenían una oportunidad para mí. El trabajo era para trabajar con gente discapacitada y sacarlos de su casa, llevarlos a centros donde ellos recibían ayuda, donde los cuidaban. Algunos trabajaban, había personas con problemas de capacidad, había personas completamente paralizadas en sillas de ruedas.

Al principio, cuando fui a ese trabajo me dijeron: “si tú quieres puedes probar unos días, hay que trabajar con ellos y hay que cuidarlos”. Tú vas a traer un asistente, tú vas a manejar y va a andar un asistente contigo”. Al principio comencé a ir una semana para ver cómo era el trabajo.

No sabía si acercarme a ellos y tocarlos porque a veces teníamos que ponerles el cinturón de seguridad y subir las sillas de ruedas. A veces ellos como bebés me agarraban la ropa, me jalaban un poquito y me asusté, pero entendía la situación de estas personas. Quería tener experiencia y después de aquí tocar otra puerta para que me saliera una mejor oportunidad y decidí quedarme en ese trabajo. En ese trabajo me estuve varios años, ahí al principio me asusté, pero hubo muchas experiencias muy bonitas.

Conocí muchos lugares aquí en California, muchas ciudades. A veces entraba a las 5:00 a.m., a veces salía a las 7:00 p.m. porque era un proceso de llevar a estas personas de su casa a un centro y dejarlas ahí y luego regresar en la tarde por ellos. Había algo que al final del día del cansancio me dejaba una satisfacción porque sabía que estaba haciendo algo bueno. Siempre en mi corazón sentí que Dios me llevó a ese lugar. Conocí gente linda, inocente, gente adulta que tiene un corazón de niño que cuando ya tenía mucho tiempo que llegaba por ellos a su casa me miraban y aplaudían en su silla de ruedas y me abrazaban.

Cuando no podía ir porque tenía una cita médica con mis hijos o tenía alguna reunión en la escuela, otro conductor tenía que cubrirme en el bus y ellos lloraban mucho por mí.  Al principio a mí me daba miedo, pero los llegué a sentir tan míos en mi corazón y conocí familias lindas. Creo que solamente esas personas son ángeles aquí, no cualquier persona tiene un hijo como ellos, porque no es para cualquiera. Es saber que estos papás tienen un niño de por vida. Eso para mí fue algo increíble que quizás cuando miraba eso pensaba que solamente existía en la televisión, pero ya cuando me involucré con estas personas y vi cómo sus papás me agradecían cuando los llevaba a sus hijos. Tuve la experiencia de que una vez me cambiaron de ruta y llegué a un centro donde había uno de ellos que estaba en la otra ruta que yo hacía y él, cuando me miraba, lloraba mucho por mí y me agarraba de mi camisa de uniforme y me decía: “Me quiero ir contigo”.

También conocí tantas experiencias, cada historia de cada persona. La verdad que cambia la vida. Ese trabajo para mí lo tuve muchos años y siento que Dios me llevó a ese lugar para valorar lo que tenía y saber que era bendecida. Hasta que uno conoce ese tipo de gente es que te das cuenta de las bendiciones que tienes realmente y que a veces no damos las gracias. A veces nos quejamos porque no tenemos para salir, pero realmente este tipo de gente cambió mi vida de una manera muy bonita.

Después, cuando agarré el trabajo que estoy trabajando ahora en una oficina, un negocio independiente con mi familia. me sentí muy contenta y le agradezco a Dios porque puedo estar más cerca de la casa de mis hijos y estar más pendiente de ellos, pero realmente doy gracias a Dios por lo que tengo, porque sé que Dios me ha llevado de un paso a otro paso. El negocio que tenemos es trabajo, pero es un trabajo donde sabes que te está dejando algo. Pero realmente siento que no estoy ayudando a otra persona como lo hice en el otro lugar. Era como si en el otro trabajo donde trabajaba en el bus quizás no era mucho, pero había esa recompensa de todos los días saber que no simplemente era un trabajo, sino que había algo en el corazón porque estás haciendo algo bueno que se quedaba en mi interior.

Entonces siento que a veces vemos los trabajos simplemente para obtener dinero, obtener riquezas y eso es bueno, pero también hay riquezas en el corazón que valen muchísimo. Pienso que todo lo que tú obtienes, debes también usarlo para bendecir a otras personas. Que, si tú aprendes a hacer un negocio y sabes que alguien tiene una necesidad, tú puedes darle la mano para que también esa persona salga adelante.

Lo mejor en nuestro corazón es saber que estás haciendo las cosas bien y que te sientes libre internamente. Me siento muy contenta y siento que soy una mujer muy bendecida.

 


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Katherine Méndez Hernández
Mi nombre es Katherine M. Hernandez, estudio Periodismo en CSUN y nací en El Salvador. Me interesa cubrir temas que impactan a mi gente latina y a nuestra comunidad, además de escribir opiniones sociales y reseñas de shows, películas o música que inviten a la reflexión y al diálogo. En el futuro, quiero ser editora de libros y trabajar de cerca con autores y nuevas voces. Una de mis mayores pasiones es la lectura, y en mi tiempo libre disfruto viajar y conocer lugares nuevos que amplíen mi perspectiva.




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