HISTORIAS DE MAMÁ: La cosecha de Juana

Leylani Castillo cuenta la historia de su mamá, Juana, cuando tuvo que salir de El Salvador durante la guerra civil para salvar la vida y cómo, años después, aprendió a leer y escribir al mismo tiempo que su hija..

Por LEYLANI CASTILLO
Ilustración de Catherine Carstens
EL NUEVO SOL

En 1979, Juana estaba recogiendo semillas de aceitunas en el campo donde había nacido, en Nueva Granada, El Salvador. Era un día bonito y despejado. Ella y sus hermanos oyeron un trueno y pensaron que era una tormenta. Cuando llegó a su casita hecha de bambú y lodo, con zacate en el techo para protegerla del agua, le informaron que un avión había dejado caer una bomba a una hora de donde ella vivía. Ese fue el momento en el que sintió un miedo que nunca había sentido.

En 1979, había muchas personas que desaparecieron. Las personas sospechaban que era El Escuadrón de la Muerte, que era parte del gobierno que secuestraba y mataba a las personas.

Después comenzó la guerra en El Salvador porque las personas estaban en contra del gobierno. Los dos grupos que peleaban eran la guerrilla, que eran personas civiles, y los soldados, llamados la Guardia Nacional de El Salvador. Era una guerra contra sus propias personas.

Había mucha pobreza y el gobierno quería el control de las personas en tiempos de protestas; la guardia se enfrentaba con los civiles y usaba la violencia.

En 1980, Juana estaba desgranando maíz cuando escuchó las noticias en un radio chiquito y azul que tenía su familia. En ese momento salió en las noticias que asesinaron a monseñor Romero durante una misa en San Salvador. Él era un pastor que pedía por paz y ayudaba a las personas más pobres de El Salvador. Juana se acuerda de que él era una persona de esperanza.

Su niñez

Juana comenzó a trabajar desde los 6 años. Vendía melcocha, conserva de coco y también cocinaba tamales de elote para vender. Eso era la normalidad para los niños de El Salvador. “Yo tampoco tuve una educación, porque no había ese tiempo para ir a la escuela”, dice. Juana no sabía leer ni escribir cuando era niña, ni sabía cómo sostener un lápiz. La vida era difícil porque eran pobres. Hubo días que no tenían nada que comer, muchas veces no tenían ropa y andaban descalzos.

Pero Juana recuerda que tuvo una niñez muy feliz, aunque sabe que su niñez fue muy diferente en comparación con la de otras personas. Ella jugaba con canicas y como no tenían dinero, su papá le hacía muñecas de madera.

“Para uno de pobre que no conocía otro juguete, una muñeca de madera era bonita”, dice.

Su partida

En 1981, Juana y su familia estaban durmiendo. En eso oyeron que tocaban la puerta. Algo les dijo que no era algo bueno. Antes de esto, su familia ya había hablado de qué hacer en una situación como esta. Juana abrió la puerta de atrás para salir corriendo al campo. Corrió hasta que encontró una letrina, y por suerte, todos se encontraron en el mismo lugar. Regresaron a su casa hasta el amanecer. Encontraron que los soldados andaban en el pueblo. Cuando llegaron a la casita, la encontraron destruida. Encontraron el radio azul de la familia tirado en el piso, pero no se había quebrado completamente. La guitarra de su hermano quedó rota, como si alguien la hubiera pisado. Tenían una caja para echar ropa y la encontraron tirada con todos los documentos importantes.

“La gente pobre sufría más por la guerra porque los ricos podían irse, pero los pobres no”, dice Juana. En ese momento, Juana supo que tenía que salir de ese país.

Juana no le dijo a nadie que se iba a Estados Unidos. Tenía 500 dólares que le mandó su hermano que emigró antes que ella. Tenía que irse en secreto porque era muy peligroso salir del país.

“Si no me mataba una bala, me iba a matar el hambre”, pensó Juana en esos momentos. Ella empacó dos pares de pantalones, un par de zapatos y sus dos camisas.

Llegó a Estados Unidos el 14 de febrero de 1982. Llegó a una ciudad iluminada. Pero también era nuevo y confuso. Llegó y siguió trabajando, pero lo pudo hacer en paz. Un día, su hermano le preguntó si podía llevar a su sobrino a la escuela. Ella lo llevó a la escuela sin problema, pero al regreso, Juana se perdió. No reconoció las calles y no sabía, pero sí logró llegar a su casa.

Juana mantenía a sus papás. Con lo que ella hacía en el trabajo, se los mandaba a sus papás. Juana dice que cuando llegó, no había tiempo para extrañar a su país o su familia. No se sentía triste porque no había tiempo para detenerse y pensar en las cosas. Pero cuando se calmó un poco su vida, Juana se casó y es una mamá de 3, incluyéndome a mí.

Juana es mi mamá. Ella nos cuenta estas historias de su juventud. Cuando mi mamá me llevaba al kínder, se animó a aprender cómo escribir. Yo y ella aprendimos cómo leer y escribir al mismo tiempo y en un lenguaje que las dos no conocíamos, el inglés. No fue hasta entonces que mi mamá aprendió cómo leer y escribir, y finalmente pudo leer las cartas que le mandaba su papá desde El Salvador.

Mi mamá es una mujer que le enseña a su familia a apreciar la vida. Es una mujer que, de tanta tragedia, se pudo superar y nunca perdió su corazón de oro.


Tags:  El Salvador Historias de mamá




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Jacqueline García




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