Mi mamá me dijo: “hija, aquí es donde vive tu papá”. El lugar era tan pequeño que comencé a llorar. 

Por ANDREA PEÑA REYES
EL NUEVO SOL

Mi viaje a Estados Unidos fue muy diferente al de muchos inmigrantes que han llegado a este país. Solo duró siete horas, a diferencia de muchos que duran meses y hasta años. Pero desde el momento que puse un pie en el aeropuerto, mi vida cambió por completo. Nadie nos recibió en el aeropuerto.

Ya que pasó casi una hora, mi mamá, siendo tan astuta, miró pasar un autobús blanco con letras azules que decía “FLYAWAY”, que ella recordaba haber visto en algunas calles de Van Nuys, cerca del trabajo de mi papá. Nos subimos en el bus sin saber el destino final, pero con la idea que podíamos conseguir un teléfono y llamar a mi papá.

No sabíamos cómo pagar nuestros boletos ya que ellos solo aceptaban tarjetas de débito y lo único que teníamos era un billete de 50 dólares. Ahí fue que estuvimos preguntando por ayuda cuando por primera vez escuché las palabras: “NO ESPAÑOL,” “ENGLISH ONLY”. En ese momento, sentí que mi idioma y mi persona no tenían ningún valor. Estábamos preocupadas, y todavía sin poder comunicarnos en este edificio tan grande en el que solo mirábamos buses llegar.

Finalmente, una pareja de ancianos se ofreció a ayudarnos en español. Cuando les explicamos lo que había pasado, nos prestaron su celular para poder llamar a mi tía, ya que mi papá estaba trabajando.

Luego que mi tía nos recogiera, llegamos a una casa de dos plantas con un jardín hermoso. En mi mente dije: “Que hermoso es donde vive mi papá”. Cuando estuve a punto de subir las escaleras, mi mamá me agarró del brazo y me hizo entrar a una habitación pequeña con un mini refri, una cama pequeña, una televisión y un clóset muy pequeño. Mi mamá me dijo: “hija, aquí es donde vive tu papá”.

El lugar era tan pequeño que comencé a llorar. No podía dejar de pensar en el lugar que mi padre se encontraba mientras yo, en Honduras, pensaba y decía: “Mi papá está en Estados Unidos”. No era un lugar que valiera los 600 dólares mensuales que él pagaba. Alrededor de las seis de la tarde, un señor delgado y con ropa muy sucia entró a la habitación. Ese señor era mi papá. Ya no era el hombre fornido con cara alegre y muy “catrín”, el hombre que recordaba en Honduras. No dejaba de llorar, quería salir corriendo de ese lugar.

Mi papá me saludó con un fuerte abrazo y me dijo: “Hola hija”. Nos abrazamos muy fuerte, ya que habían pasado cinco años sin vernos. Fue un momento que me impactó mucho porque como hijos nuestros padres son como superhéroes y fuertes, pero en este caso, mi papá se miraba débil y triste.

No fue una bienvenida agradable, yo no dejaba de llorar y quería regresar a Honduras. No miraba un futuro agradable en este lugar.

Ya que estuvimos los tres juntos, mis padres me dijeron que la razón de este viaje era porque yo me iba a quedar en este país con él. Honduras ya no era para mí porque un amigo de la infancia de mi hermano le había confesado que la mara de nuestro barrio tenía planeado secuestrarme y viajar era la única solución que mis padres y mi hermano había pensado. Yo no tenía ninguna idea de que esto había pasado o sentía miedo de estar en Honduras.

Mi mamá y mi hermano comenzaron a recibir mensajes de texto de números desconocidos diciéndoles que sabían que yo caminaba para el colegio y otras cosas que yo hacía durante mis días en Honduras. Lo más rápido que pensaron fue traerme para aquí diciéndome que solamente era un viaje de visita para ver a mi papá.

La idea de cómo hubiera sido mi vida si me hubiera quedado en Honduras es lo que me ayudó para adaptarme a vivir en Estados Unidos. Solo de pensar que a los quince años de edad un hombre me quería para ser su esposa me aterraba. Algo que le sucede a muchas niñas en mi país y en otros lugares de Latinoamérica. Yo soy una que puede dar gracias a la suerte que pude salir de esa situación, pero hay muchas que tienen que aceptar esa realidad. 

Los primeros dos años fueron muy difíciles poder vivir sin mi hermano, sin mi mamá, y el casi no ver a mi papá porque trabaja los sietes días de la semana hasta altas horas de la noche. Algunas veces solo nos mirábamos cuando él iba a dejarme a la parada del bus en su camino al trabajo. 

Fue cuando comencé a ir a la secundaria que pude aprender apreciar la suerte que tenía al vivir en este lugar. Tener amigos de todas partes del mundo con historias casi similares y también poder aprender de ellos. Yo amaba quedarme después de escuela en nuestro club “ISLA” (International Student Leadership Association). Ya no era la única que estaba viviendo la pesadilla americana. 

Luego de algunos meses, nos mudamos a otro garage un poco más grande del que estábamos y dos años después, mi mamá decidió quedarse con nosotros permanente. Todavía tenemos la esperanza de volver a estar juntos, los cuatro, otra vez junto a mi hermano. 

Aunque me duele en el alma haber crecido lejos de mi familia. Solo conformarme en verlos por videollamadas o por fotos y ya no poder volver a ver a muchos de mis familiares que murieron durante los años que he estado aquí, más que todo a mi abuela paterna, Delia América, que falleció en agosto del 2021, siento que este cambio en mi vida me cambió para algo que estoy muy orgullosa de serlo. 

Después de ocho años, les agradezco a ellos por haberme salvado de esa situación de esta manera. Pero también de salvarme de la burbuja de ignorancia que estaba viviendo, pasar por las cosas que pase me ayudaron a encontrarme mi verdadera persona y no la que estaba creando viviendo en el barrio. 

Este viaje me enseñó que puede ser más de lo que yo alguna vez imaginé. Poder cumplir mi sueño de ir a la universidad y ser una futura periodista que yo sé que no hubiera sido el camino que hubiera elegido si me hubiese quedado en Honduras.

Todo lo que he logrado aquí por muy pequeño que sea, jamás lo hubiese logrado allá. No soy la misma persona que se bajó en ese avión pensando que el mundo es todo color de rosa. Estoy feliz de saber la realidad de la vida. 

Han sido años muy difíciles viviendo situaciones muy difíciles y tristes, pero ahora soy una estudiante universitaria que sabe que logrará mucho más de lo que se propone. Hay que confiar en las decisiones que nuestra familia tiene para nosotros. Hay que aprender a confiar en las segundas oportunidades que la vida presenta. Hay que aprender a confiar en uno mismo. 

Si te encuveras en la misma situación a la mía, la ciudad de Los Ángeles ya tiene una Guía de Recursos Comunitarios para Inmigrantes Angelinos.  

Mi última foto en el aeropuerto Ramón Villeda Morales en San Pedro Sula, Honduras antes de abordar el avión. El día 27 de enero del 2014. Foto: Andrea Peña.



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Andrea Peña Reyes
Mi nombre es Andrea Peña Reyes y nací en San Pedro Sula, Honduras. Me interesa escribir sobre los inmigrantes y las historias de latinos en nuestra comunidad. Me gusta mucho aprender sobre la historia y ver programas de televisión clásicos. Mi sueño es viajar a Nueva York y conocer lugares históricos. Lee mis artículos en El Nuevo Sol.






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