Voces | Voices / 02/23/2020

El aburguesamiento en Redwood City me obligó a separarme de mi familia por un año

El aburguesamiento (gentrification) no solo cambia el paisaje de un barrio, sino también impone años de trauma en la gente desplazada por la separación abrupta.

Por DIANE ZERMEÑO
EL NUEVO SOL

Nací en febrero de 1999 en Redwood City, California.

En esa época, lo llamaban “Deadwood City”. Nadie quería vivir ahí. Mi barrio era territorio sureño, donde los zapatos colgaban de los cables de teléfono y la noche era ruidoso por las sirenas de la policía.

Mi barrio, como muchos en la ciudad, tenía una problema de pandillas. El código postal 94063 denotaba violencia, pobreza, un gran población de familias indocumentadas y pocas oportunidades. Éramos un barrio de bajos ingresos rodeados por riqueza. Aunque estábamos tan cerca de millonarios, ese mundo se sentía millas lejos de nuestro alcance.

En 2016, lo único que cuelga en la ciudad son luces de hadas y el único ruido que viene de vehículos es de los autobuses gigantes de Facebook. 

En frente de nuestros ojos, veíamos cómo familias dejaban toda su vida aquí y tenían que irse hasta Merced, Stockton, Sacramento y más lejos. Stanford expandió su campus a nuestro vecindario sin avisarnos primero. Facebook mudó Instagram a un barrio de bajos ingresos muy cerca al de nosotros. BOX abrió su oficina central en el centro de la ciudad. La construcción de apartamentos de lujo aumentaba exponencialmente. La ciudad ya era pequeña como era, pero ya se empezábamos a sentirnos sofocado. 

Mi barrio, mis raíces, estaban siendo borradas, y sabía que un día, a mi familia y a mí nos iba a tocar nuestro turno.

Nunca olvidaré julio de 2016. Estaba a semanas de empezar mi último año de la preparatoria. Pasé un tercer año difícil, pero tenía esperanzas de que ese año iba ser mejor. Estaba practicando para mi examen de manejo en octubre, estaba a solo días de ir de compras para mi nueva ropa y estaba buscando mi primer trabajo.

El futuro me emocionaba.

Una tarde, llegando a casa del centro comercial, me encontré a mi mamá sentada en el sillón con una carta en su mano. 

“Mami, ¿por qué estás ahí?”

“Ya nos pidieron la casa, hija.”

A solo dos semanas, en mi senior year, me encontré durmiendo en el piso del studio de mi tía, rodeada de mis abuelos y mi otra tía. Mi familia se tuvo que mudar a una ciudad a una hora de mi pueblo natal.

Esa noche sentí un frío inmenso en todo mi cuerpo. Aunque era afortunada de que mi tía me dejó quedarme con ella, al final del día había perdido mi hogar y mi sentido de seguridad tan rápido que ni tuve tiempo de procesar el trauma. 

 Allí estaba, 17 años, sola, con un gran vacío en mi alma. 

Mi vida cambió en un dos por tres. Al principio, tratamos lo más posible a encontrar un apartamento cerca, pero desafortunadamente, todo estaba carísimo. Lo más barato que pudimos encontrar con dos cuartos era $3,000. Mi papá era el único que trabajaba en aquel entonces, y era imposible poder pagar tanto en renta cada mes. 

A dos semanas de nuestra fecha de desalojo, todavía no encontrábamos vivienda. Encima de mis proyectos de verano, me pasaba horas buscando viviendas por Internet y contactando a agentes inmobiliarios. Cuando empecé el año escolar, no pude enfocarme en mis primeras tareas por el estrés de no saber dónde iba a vivir. 

Gracias a dios, al último minuto, mis padres encontraron un lindo townhome. Estaba en un barrio hermoso con tantas cosas que soñábamos tener. Pero nos dimos cuenta que el sacrificio tenía que ser yo. 

Ese fin de semana que firmamos, tuvimos que decidir en la cena qué iba a ser de mí. Le preguntamos a mi tía si podía pasar el año con ella hasta que me graduara, y estoy agradecida cada día que ella arriesgó su contrato de arrendamiento para tenerme ahí en secreto. 

Empecé mi primer trabajo la semana después de la mudanza. Tuve que tomar el camión a todos lados porque no tenía mi licencia todavía, y ya me tenía que mantener económicamente. No sabía cómo manejar mi dinero, sentí que fui empujada a ser adulto sin siquiera poder parpadear. 

Al mismo tiempo que esto estaba pasando, perdí a dos mentores importantes para mí cuando tuvieron que tomar otros trabajos.

En solo un mes, perdí mi familia, mi casa, mis mentores, mi estabilidad completa. No pasó ninguna mañana que no llorara en el camión en camino a la escuela y en la biblioteca pública por las tardes. 

No podía creer que esto me estuviera pasando, que eso fuera mi vida. Sentía una rabia intensa contra el mundo. Era infeliz.  

Mi tía se dormía temprano. Entonces, me tenía que despertar temprano todas las mañanas para ir a estudiar a la biblioteca de la escuela. Después de escuela, me iba directo a la biblioteca pública a estudiar hasta que cerraban. No tenía tiempo para ir a terapia o poder manejar mi trauma, tenía que enfocarme en mis calificaciones y las solicitudes de la universidad.

Sentía celos de cosas tan simples. Sentía celos de mis amigas que podían usar su dinero del trabajo para comprarse lujos, las amigas que podían comer en familia cada noche, las que dormían en su propia cama. 

Incluso, ese año me metí en una relación tóxica con un hombre que me maltrató y abusó de mí emocionalmente por meses por la soledad y la depresión. Para ser mi primera relacion, fue traumante. Sinceramente creo si hubiera seguido mi vida normal ese año,  habría podido evitar esa experiencia. 

Ese verano, después de graduarme, por fin me pude reunir con mis padres en su nueva ciudad, pero luego me mudé a Los Ángeles para empezar mi nueva vida en la universidad. 

Mi primer semestre, renté un cuarto cerca del campus y el segundo semestre me mudé a vivir en los dormitorios de la universidad. Cuando regresé con mi familia este verano, regresé a otra casa nueva porque la dueña vendió la previa. 

Por fin, el año pasado, viví un año completo en mi primer apartamento en el campus y regresé a la misma casa de mis padres. En dos años, me mudé un total de seis veces.

Mi apartamento en el campus fue la primera vez en años que sentí lo que era sentirte segura. 

De verdad, nunca superé lo que me pasó. Todavía hay instantes en mi vida donde puedo ver que nunca me recuperé ni conseguí la ayuda que necesitaba. Me encantaría terminar esto con un final feliz, pero me estoy recuperando día por día. 

Lo que sí pude recuperar fue mi familia, a quien quiero con toda mi alma. Somos más unidos que nunca. Aprendí cómo ser una mujer independiente. Y lo más importante es que aprendí que soy más fuerte de lo que pensaba. Ahora, puedo navegar momentos difíciles con claridad. 

El aburguesamiento (gentrification) no solo cambia el paisaje de un barrio, sino también impone años de trauma en la gente desplazada por la separación abrupta. 

No fui la única joven en mi preparatoria estresada por la ansiedad de ver a mis vecinos mudarse en gran cantidad. Conocía a alumnos que tuvieron que empezar a trabajar muy jóvenes para ayudar con la renta, las cuentas, la comida. Conocí a alumnos que compartían un cuarto con sus papás y hermanos para poder asistir a las buenas escuelas en nuestro distrito. Conocí a alumnos que vivían en moteles porque ya no podían ponerse al corriente con el rápido aumento de renta. 

El aburguesamiento es bonito por fuera, con los apartamentos y tiendas bonitas, pero es un monstruo horrible por dentro. 

 

Mi graduación en 2017, feliz que ya pude dejar de sufrir y empezar una nueva vida.


Tags:  aburguesamiento Diane Zermeño gentrification Redwood City

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Diane Zermeño
¡Hola! Me llamo Diane Zermeño y soy estudiante de 21 años de edad originalmente de Redwood City, California (suburbio de San Francisco). Me apasionan las temas de género, educación, comunidades impactadas por la gentrificación y la cultura pop. En mi tiempo libre, me agrada alimentar mi afición por el café y escuchar música rap del Área de la Bahía de San Francisco. Cuando puedo, me encanta visitar a mis dos hermanos, mis papás y amigos en mi ciudad natal. Mis artículos para El Nuevo Sol están aquí .




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