El desgarrador y valiente viaje de una madre salvadoreña que, junto a su hija pequeña, atraviesa fronteras, ríos, camiones y el desierto, impulsada por el amor y la esperanza de reunirse con el padre de la niña.
Por TANIA HERNÁNDEZ
Ilustración de Catherine Carstens
EL NUEVO SOL
Atardece y veo cómo el sol se oculta; recuerdo muy bien el día que tomé la decisión más dura de mi vida, emigrar de El Salvador a Estados Unidos, acompañada de m i pequeña hija, la cual en ese entonces tenía solo cinco añitos. En mi ser se entremezclaron todos los sentimientos que una madre puede experimentar: dolor, tristeza, alegría, felicidad, emoción, miedo, etc. Pero mi objetivo era lograr ante todo la felicidad de mi hija, la cual quería vivir al lado de su papá. Hablé con mi pequeña, le dije que haríamos un viaje muy largo en donde caminaríamos y además conoceríamos muchos lugares.
Salimos del Departamento de Usulután cuando el sol comenzab a a ocultarse; viajamos en autobús hasta llegar a la frontera de Guatemala, continuamos caminando toda la madrugada hasta llegar a una casa muy humilde. Tenía suelo de cemento, una hamaca y una mesa de madera, Ahí nos quedaríamos a dormir. Estreché en mis brazos a mi hija; su corazón junto al mío latía fuertemente.
Al amanecer nos levantaron y partimos del lugar. Nos llevaron al centro de la ciudad de Guatemala y nos hospedaron en un hotel, allí en el cuarto que nos dieron ya se encontraban 12 personas más. Al día siguiente, nos llevaron a una estación de autobuses. A nosotras, nos sentaron en el primer asiento; el conductor nos dio instrucciones de lo que teníamos que decir por si alguien nos interrogaba y nos dijo que el viaje sería largo. Mi niña traía con ella una muñeca; su vestidito era color rosado con una flor y su cabello rosado de lana, todo el cuerpecito de la muñeca era de algodón y la cabeza de plástico.
En una de las estaciones, se subieron a bordo dos policías. Mi corazón comenzó a latir con mucha fuerza. La mujer policía se acercó a nosotras y tomó la muñeca de la niña y le comenzó hacer varias preguntas:
“¿Es tu muñeca?”
Y mi hija contestó: “Sí, es mía”. “¿Cómo se llama?”
“Rosita”
“¿Ella es tu mamá?”
“Sí, ella es mi mamá”
“¿A dónde van?”
Yo en ese momento contesté lo que me habían dicho que dijera, para mí fueron los minutos más largos de mi vida. Comenzó mi cuerpo a temblar, mis manos sudaban. Afortunadamente, llevaba una manta cubriéndome que cubría mi temor. Finalmente, terminó el interrogatorio y la policía le entregó la muñeca y nos dijo buen viaje. Fue un largo viaje en el autobús, finalmente llegamos a unas viviendas muy apartadas que se encontraban cerca de un río. Nos dieron instrucciones de que pasaríamos un río y además caminaríamos toda la noche, pero mi mente solo pensaba una cosa: “!De dónde salió tanta gente!” En ese punto, éramos como trescientas personas. Adentro del río se encontraban varios hombres. Uno, con una llanta de carro, agarró a mi hija y la introdujo adentro de la llanta. Me dijo: “agárrate de la llanta y sostén a tu hija”.
El Río Suchiate
Con mi otra mano, tomé a la persona a mi lado, formamos una cadena humana para atravesar el río. Llegamos al otro lado, se vislumbraba una finca con muchos árboles frutales. En ese momento, comenzó a llover muy fuerte. Caminamos toda la noche, mis piernas se sentían pesadas ya que estaban llenas de lodo. La lluvia fue nuestra compañera durante la noche. Yo hacía turnos con mi cuerpo: cargar a mi hija en mi cuello, espalda, pecho hasta llegar al siguiente punto de nuestra travesía.
El camión
El camión que nos llevaría hacia nuestro siguiente punto de nuestro viaje estaba dividido por una malla de acero. En la parte de arriba, irían los hombres y en la de abajo, las mujeres. Solo contaba con un respiradero en la parte de abajo, en forma cuadrada. Viajamos durante varios días en esa jaula de acero. Era asfixiante. Los hombres orinaban en una botella de plástico, pero siempre caían gotas a nuestra cara, cabello, cuerpo. Eso se volvió asqueroso. El olor era demasiado fuerte, algunas personas se desmayaban, otras murieron. Mis ojos derramaban lágrimas al escuchar los llantos desesperados, sentir la angustia, solo me quedaba seguir respirando el poco aire que entraba para continuar mi camino.
Puebla
Pasaron algunos días en el infierno de aquel camión. Tan pronto se detuvo; llegamos a un lugar parecido a una hacienda o un hotel en pequeño. Nos comenzaron a bajar. Los hombres eran dirigidos a unos cuartos que se encontraban del lado derecho de la casa —una casa con dos plantas— y todas las mujeres y niños estábamos en el segundo piso. Nos proporcionaron toallas y ropas para asearnos y nos colocaron en cuartos pequeñitos, donde la puerta era cortinas de tela. El haber transitado por la lluvia, el sofocante calor dentro del camión, provocó que mi niña comenzara a sentirse mal. Mi hija estaba prendida de temperatura. Comenzó a convulsionarse. Mi mente comenzaba a torturarme: si a mi hija le pasaba algo. El remordimiento, la culpa todo se me amontonaba en mi mente. Preocupada, llegué a pensar en ese momento lo peor: mi hija podría morir. La propietaria de la vivienda mandó traer medicamento para la niña. Yo en mi desesperación la abrazaba fuerte. Pedía a Dios que ese tormento me lo pasara a mí. Yo era más fuerte para resistir cualquier cosa. La bañaba con agua con hielo para bajar la fiebre. Llegó el momento de partir, pero mi hija aun no mejoraba. El guía me dijo que tendría que quedarme a esperar otro cargamento ya que no podía arriesgarse hasta que mi hija se recuperara. Me quedé sola con mi hija en ese lugar y me dije: si mi niña no mejora, regresaría a mi país. Me postré de rodillas y con mis brazos abierto exclamé:
“Dios ayúdame a tomar la mejor decisión para nosotras, por favor no me sueltes de tu mano”.
Después de esta plegaria, un caudal de lágrimas salió de mis ojos. Al pasar de los días, mi niña comenzó a mejorar, ya comía. Un día por la noche, escuché que llegó el camión y Dios me dio la señal de continuar, y dije: En esta tanda me voy. Sin saber lo que vendría.
El desierto
Me subí al autobús. Solo bajábamos a las estaciones a utilizar el baño, hasta que llegamos a un lugar muy parecido a una bodega. El piso era de cemento, señalado con líneas amarillas. Cada espacio era para dividir a las personas, nos acostábamos intercalados. Pensé que ya había sufrido bastante y que lo que vendría no sería mucho. Qué equivocada estaba. Nuestro calvario apenas comenzaba.
Había escuchado historias del desierto, pero ahora conocerán la mía, lo que vivimos en carne propia el atravesar ese duro desierto. Al recordar se me hace un nudo en la garganta. Para adentrarnos en el desierto, nos entregaron una mochila, la cual contenía comida enlatada, 2 barras de pan y 2 galones de agua. Nos fueron acomodando en grupos de treinta y dos personas y nos pusieron un nombre de animal: “Serpientes.” Caminábamos por la noche hasta el amanecer. Al salir el sol, nos resguardábamos en una cuevas de tierra con arbustos, donde solo podíamos estar entre tres o cuatro personas. Al cuarto día de caminar, mi cuerpo empezó a resentir el cansancio, más el peso de la mochila, los galones de agua y mi niña. Perdí el conocimiento. No recuerdo cuánto tiempo estuve así. Cuando volví en mí, recuerdo que no paraba de llorar por la angustia que sentía de poder dejar a mi niña sola y en el desierto, ya que no sabía si la dejarían ahí si algo me pasaba. Ella con sus bracitos me abrazaba y me decía con sus ojitos llenos de lágrimas:
“Mamá, mamita, no te mueras, por favor, no me dejes solita aquí”.
Mi cuerpo decía que ya no podía, pero mi mente reaccionó y me dijo: tú puedes lograrlo, no puedes dejar a tu hija, aunque sea lo último que hagas, entrégale tu niña a su padre. Tomé una gran bocanada de aire y sentí que mi alma volvió a mi cuerpo. El sexto día, ya no teníamos ni agua ni comida. Algunos compañeros de viaje ya no podían caminar y los dejaban en unas brechas para que pudieran ser vistos por migración y se los llevarán. Caminando por la noche, resbalamos por una ladera profunda, llevándome ramas, piedras. Al terminar, llegué adolorida y me quedé quieta. Se escuchó un helicóptero y nos dijeron que miráramos al suelo. Alguien dijo: “Abramos un cactus de esos grandes para obtener agua”. Tenían un tipo de esponja blanca que al exprimirla salía agua, una bendita agua
en ese desierto. Llegamos a un punto donde nos detuvimos. El guía nos dijo que esperaríamos ahí, en medio de la oscuridad. De pronto, apareció una troca. Varios nos subimos adelante y otros en la parte de atrás. Comenzó a avanzar con las luces apagadas por un largo tramo.
Finalmente llegamos a una carretera donde estaban varios carros, cada uno con destino diferente. Nos subimos al que iba a Los Ángeles. Durante el trayecto, comencé a ver carros y letreros hasta que llegamos a un edificio de apartamentos, donde nos prestaron un teléfono para poder comunicarnos con nuestros familiares. Pasamos varios días ahí, hasta que llegó el nuestro.
El reencuentro
Las emociones se aglomeraban en mi ser. Nos subieron a un carro y de ahí partimos a un centro comercial, donde había una lavandería, restaurantes y varios locales pequeños. La persona que nos transportó nos dijo que nos bajáramos del auto y nos dirigiéramos hacia la lavandería y que ahí nos quedáramos, esperando a que llegara la persona que nos recogería. Pasaron 30 minutos más o menos, cuando vi una cara familiar que venía acercándose. Iba en una camioneta verde que pasó lentamente por donde estábamos y fue a estacionarse. Salió del vehículo y comenzó a caminar hacia nosotras. Nos invadió todo tipo de sentimientos, nerviosismo, etc. Mi hija comenzó a moverse impaciente, brincando al reconocer a su papá, me soltó de la mano y salió corriendo a encontrarlo, se le abalanzó en sus brazos.
“Papá, papito, ya estoy aquí”.
Yo me quedé estática, sentía que una emoción tan grande, sentía que mi corazón saldría de mi pecho. Mis ojos eran un torrente de lágrimas, ya que fue el momento más bello de ver a mi hija feliz al lado de su padre. Alcé mi mirada al cielo y agradecía a DIOS por no haberme soltado de su mano, y mi mente dijo: “¡Ves, lo lograste! Por el coraje y por amor de ver feliz a tu hija”. Nos abrazamos los tres juntos, sin pronunciar ninguna palabra.
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