HISTORIAS DE MAMÁ: Amor que aprendió a decirse

Ariadna relata cómo la muerte de su padre fortaleció la relación con su madre, permitiéndoles expresar con mayor libertad el amor que antes guardaban en silencio.

Por ARIADNA SÁNCHEZ
Ilustración de Angelina Rassam
EL NUEVO SOL

A lo largo de mis cuarenta y cuatro años he tenido el privilegio de conocer a mi mamá en múltiples facetas. La he visto fuerte y vulnerable, alegre y preocupada, firme y amorosa; como popularmente se dice, tanto en las buenas como en las malas. Sin embargo, la anécdota más significativa entre ambas ocurrió hace un año, cuando falleció mi papá. Ese momento no solo marcó el inicio de una nueva etapa en su vida como mujer y como madre, sino que también transformó profundamente nuestra relación.

Al momento de la muerte de mi papá, yo me encontraba en Los Ángeles, California. Recibir la noticia desde la distancia fue devastador. Sentí cómo el mundo se detenía mientras, al mismo tiempo, todo parecía avanzar demasiado rápido. Sin pensarlo dos veces, tomé el primer vuelo rumbo a Oaxaca, con el corazón hecho pedazos y la necesidad urgente de volver a los brazos de mi madre y de mis hermanos. El vuelo duró alrededor de cuatro horas, pero en mi mente y en mi cuerpo se sintió como un trayecto interminable, cargado de miedo, tristeza y una profunda incertidumbre.

El momento más intenso llegó al reencontrarme con mi mamá. Al verla, dejé de ser la mujer adulta que soy hoy y volví a ser la niña que alguna vez fui. Me entregué a sus brazos y lloré bajo su regazo, encontrando en su calor una seguridad que creí perdida. Ese abrazo fue un refugio para ambas. Lo describo así porque, aunque compartíamos el mismo dolor, también compartíamos el mismo amor por un solo hombre: su esposo y mi papá. En ese instante, nuestras almas parecían reconocerse en la pena y en la necesidad mutua de consuelo.

Lo más significativo de esta anécdota no es únicamente el dolor que vivimos, sino lo que nació a partir de él. La vida, a través de esa experiencia tan dura, nos dio la oportunidad de estrechar nuestros lazos de una manera distinta y más profunda. Tras la muerte de mi papá, mi mamá inició una nueva etapa como mujer viuda y yo, como hija mayor, aprendí a acompañarla desde otro lugar. Desde entonces, nos hemos complementado a pesar de los kilómetros de distancia, apoyándonos mutuamente más allá de lo económico, caminando juntas mientras honramos el recuerdo de un hombre llamado Juan Manuel.

Desde ese momento, no hay una llamada telefónica en la que no le recuerde a mi mamá cuánto la amo y lo importante que es para mí. Hoy sé, con absoluta claridad, que ella es la base de nuestra familia. Aprendí que expresar lo que una siente no debe postergarse y por eso ahora lo hago con frecuencia. Con el tiempo, he notado que mi mamá también ha cambiado. Nos decimos “te quiero” más seguido; me persigna antes de colgar en las videollamadas y, a través de emojis en WhatsApp, me expresa un cariño que antes no era tan frecuente entre nosotras.

En más de una ocasión, ella misma me ha confesado que cada vez que escucha mis palabras de amor, llora. Ambas reconocemos que su forma de crianza fue distinta. Ella creció en un entorno donde los sentimientos y las emociones no se expresaban abiertamente, donde el amor se demostraba más con acciones que con palabras. Esa misma manera de vivir el afecto marcó también la relación con mi papá. Aunque él nos amaba profundamente, no siempre lo expresaba de forma verbal. Hubo contadas ocasiones en las que me dijo cuánto me quería o me abrazó con fuerza, pero hoy entiendo que ese amor siempre estuvo ahí, tanto en él como en mi mamá, hacia mí y hacia mis hermanos.

La muerte de mi padre nos obligó a replantear la manera en que nos relacionamos como familia. Nos enseñó que el silencio no siempre protege y que las palabras, dichas a tiempo, pueden sanar. Para mi mamá, este proceso ha sido un aprendizaje constante: aprender a vivir sin su compañero de vida, pero también permitirse sentir, expresar y recibir amor de una manera distinta.

Para finalizar, si algo he aprendido a raíz del deceso de mi padre es que un abrazo o una palabra dicha a tiempo valen más que cualquier regalo material. He comprendido que nunca es tarde para demostrar el amor que habita en nuestro ser, especialmente hacia las personas más cercanas. Esta anécdota no solo forma parte de la historia de mi mamá, sino también de mi propia transformación. Hoy camino junto a ella con mayor consciencia, gratitud y amor, celebrando la vida al máximo, incluso desde la ausencia.

 


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Ariadna Sánchez
Mi nombre es Ariadna Sánchez. Nací en Ejutla de Crespo, Oaxaca, y actualmente curso la maestría en Español en la Universidad del Estado de California, Northridge (CSUN). Como periodista, me interesa cubrir temas culturales, educación y comunidad, así como visibilizar voces migrantes y experiencias de resiliencia. Creo en el poder de la palabra como puente entre culturas y generaciones. En mi tiempo libre disfruto escribir, explorar nuevos lugares, caminar con mi perrita Lenchita y asistir a eventos, especialmente aquellos que celebran la cultura oaxaqueña. A través de mi trabajo, busco contar historias que inspiren y generen diálogo.




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