Elsa Carrillo relata su experiencia al emigrar de México a Estados Unidos en busca de un mejor futuro para su familia, enfrentando retos culturales y de idioma con esfuerzo, esperanza y orgullo por sus raíces.
Por JENNIFER VALDEZ
Adaptación de Katherine Méndez Hernández
Ilustración de Joie Solano
EL NUEVO SOL
Mi nombre es Elsa Carrillo. Yo nací en la ciudad de Nogales, Sonora, México. Tengo 26 años aproximadamente desde que emigré a este país. Para mí fue muy fácil decidir venir a los Estados Unidos porque Nogales es la ciudad fronteriza, entonces yo estaba muy familiarizada con el sistema y la cultura. Ya había visitado varias veces y me encantaba. Lo que me encantaba era poder ver la diferencia entre una ciudad y la otra. Me llamaba la atención el sistema de transporte porque es súper organizado; llegabas a tiempo siempre. También me gustaba mucho la accesibilidad que tenías a diferentes tipos de comida, diferentes tipos de productos, restaurantes y parques.
Cuando decidimos emigrar, mi esposo fue quien lo hizo primero. Después de tres meses, venimos yo y mi hija mayor; en ese tiempo tenía un añito solamente. Dejamos atrás a nuestra familia y a nuestros amigos y fue muy emocionante porque ya había visitado antes, pero vivir aquí era algo diferente. Era emocionante venir a los Estados porque venía con muchas ilusiones y expectativas. Lo que me sorprendió fue el clima al llegar a una nueva ciudad; yo no había visitado Los Ángeles antes. Entonces, la diversidad de razas, la diversidad gastronómica, el clima estupendo: eso fue lo que me sorprendió. Caborca, en México, es una ciudad desértica; entonces, el clima es extremadamente caliente.
Mis esperanzas cuando emigré eran darle un mejor futuro a mi familia que apenas estaba formando y tener una mejor estabilidad económica. Entonces, como yo estaba joven, todavía quería continuar preparándome académicamente. Yo sabía que uno de los pasos para poder lograr lo que me había propuesto era aprender inglés porque yo sabía que era muy importante para poder ayudar a mis hijos en sus estudios. También era importante porque necesitas tener comunicación con los maestros en conferencias, también cuando mis hijos eran pequeños y hay que llevarlos al doctor. Hay una barrera de lenguaje y eso era una de las cosas que también quería lograr.
Como yo tenía tantas ganas de superarme y de conseguir el anhelado sueño americano, no fue tan difícil dejar mi país. La única parte dura fue dejar a mis hermanos pequeños; los extrañaba muchísimo. Mayormente, es dejar a la familia y a los amigos; eso es lo más difícil. Yo llegué muy joven y aquí es donde he crecido en todos los ámbitos. A lo mejor si estuviera en mi país todavía no habría esforzado tanto para aprender un nuevo idioma. Yo siento que añoras tu país, entonces no quieres perder costumbres porque las cosas se hacen diferentes. Ya que el tiempo ha pasado, ahora que tengo 26 años aquí, honestamente no siento que el cambio fuera mucho. Cuando estás joven y llegas con la mentalidad de superarte, entonces de antemano, ya sabes que como vienes de otro país, el esfuerzo será doble.
Me gustaría añadir que no juzguen a las personas que migramos. Lo hacemos siempre buscando un mejor futuro para nuestras familias y para nosotros mismos. Pienso que todos tenemos ese derecho y que ponemos todo nuestro empeño y también contribuimos económicamente a este país. Traemos unos valores familiares muy fuertes y también nos dedicamos a trabajar para tratar de hacer de nuestros hijos mejores ciudadanos, unos ciudadanos ejemplares a los que transmitimos nuestros valores y principios. Entonces eso quiere decir mucho porque es lo que podemos aportar como familia.
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