Marisol Reyes Cruz recuerda una infancia feliz en un pueblo rural de Honduras, donde la abundancia venía del trabajo, la familia y la comunidad, no del dinero. Aunque hoy vive en Estados Unidos, mantiene vivas sus raíces y cree que la verdadera riqueza es la felicidad y dar a los demás.
Por ANDREA PEÑA
Adaptación de Katherine Méndez Hernández
Ilustración de Esther Guzmán
EL NUEVO SOL
Mi nombre es Marisol Reyes Cruz, nací en el departamento de Santa Bárbara, Honduras. Me vienen recuerdos muy bonitos de que crecí en un pueblo donde nunca conocí el dinero, ni sabía el valor del dinero. Las cosas eran bien naturales porque mi papá cultivaba todo, no andábamos comprando nada. Todo lo que ocupábamos lo teníamos. Esa es la infancia, andar en los ríos, ir a la escuela descalza, no porque éramos pobres, sino porque así era la cultura del pueblo, y nos gustaba andar así, éramos muy felices.
Me crié con mis abuelos y ellos fueron mis padres. Sin embargo, mi papá era el padrastro de mi mamá, pero para mí no eran mis abuelos, sino mis propios padres, desde que me llevaron chiquita con ellos. Él me enseñaba muchas cosas de los cultivos y a cortar café, a cortar maíz, de todo, trabajos de hombre. Yo añoraba andar detrás de él con los caballos, las vacas, y hacer todo lo que él hacía.
Tal vez esa cultura la traigo de él, ya que nunca se quedó con nada, todo lo dio. Era una persona que daba todo lo que tenía. Yo recuerdo que decía: “en un tiempo, se va a comprar el agua, se va a comprar la comida, se va a comprar las tortillas”, y yo decía en mi mente, ‘pero cómo va a ser eso. Pero con el tiempo fuimos creciendo, luego ya cuando me fui a la ciudad de la edad de 14 años fui viendo que diferente era porque había que tener dinero para poder comprar algo, cuando en mi niñez nunca lo usé. Nunca supe que era el dinero para comprar porque no comprábamos nada. Él compraba algunas cosas y las llevaba. Iba a unos lugares que se llamaban el Banasupro como un Cosco aquí, compraba en mayoría y lo surtía, pero nunca nos mandó a comprar.
Antes yo no me costumbre en andar en zapatos, porque éramos de una aldea y pasábamos muchos ríos. Mi mamá nos ponía unas tortillas gorditas, frijolitos güeritos para poder comer después de hacer la escuela, porque teníamos dos turnos, entrábamos a las 8, salíamos a las 12, entrábamos a la 1 y salíamos a las 5. Éramos tan felices, salía a las 12 a buscar una montañita debajo de un palo, nos sentábamos y comíamos aquella comida helada, estaba rica. A veces nos acercábamos a una poza o un río y tomábamos agua y andábamos descalzos. Mi mamá vivía en la ciudad, me mandaba ropa muy bonita, zapatos, calcetines, y vestidos, pero siempre me crié con ropa sencilla. Cuando yo iba a la escuela, muchos niños andaban descalzos. Yo me ponía zapatos, luego las otras niñas al verlos se agachaban y me los tocaban, estaban sobando los zapatos y yo solo me quedaba viendo y mejor me los quitaba y andaba corriendo con los zapatos en la mano y andaba igual que ellas descalza. con los pies todos sucios y todo, pero así era muy feliz.
Yo le doy gracias a Dios de que vine de una familia que tuvimos en abundancia. Me siento tan satisfecha, muy alegre y agradecida con Dios. Nunca me he sentido menos y tengo una cosa en mí que me gusta más dar que recibir, si alguien tiene la necesidad, yo le ayudo. Dios no abandona a sus hijos y los bendice en cada momento. Yo siento que todavía soy esa niña que andaba descalza y cada momento me acuerdo de la cultura de mi pueblo. Hoy dicen que esas aldeas y pueblos cambiaron y siento que hoy es muy diferente porque hay internet, energía, televisores y carros. Cuando antes ni teníamos luz. La primera televisión que yo vi fue porque a mi abuela le gustaban las novelas y no teníamos luz, pero a las 6:00 p.m. íbamos a una vecina que tenía un televisor de blanco y negro y le ponían una batería de un carro.
Todos nos juntábamos a jugar, varones y niñas. Nunca hubo algo malicioso. Yo recuerdo las navidades todos compartíamos toda la comida, los tamales y de todo. Yo tuve negocios en mi país, tuve una pulpería, tuve vende comida y el que necesitaba y me iba a pedir yo le daba. La bondad todavía vive en mí. Lo único que yo pido y lo único que me gusta es que la gente sea agradecida pero no solo conmigo, sino con Dios también. En la vida uno tiene que ser agradecido, porque todo lo que tenemos es ganancia. Nosotros venimos a este mundo sin nada y todo lo que tenemos es ganancia material y cuando nos vayamos, nos vamos a ir sin nada.
Yo me quedo sin palabras para mis padres porque como me criaron yo soy, y creo que en eso no les he fallado. Cuando yo estaba chiquita ellos me aconsejaban y esos consejos se me quedaron en mi cabeza, en mi mente, y en mi corazón. Nosotros estamos bendecidos, no somos ricos o millonarios, pero no ocupamos eso. La mansión más grande que tenemos es la felicidad. Gracias a Dios no se me ha olvidado nada de lo que viví, estoy aquí en Estados Unidos, pero no se me ha subido nada a la cabeza, sé de dónde vengo y si me tocara ir yo volviera a ir si me tocara andar descalza otra vez yo lo haría.
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