Muchos estudiantes latinos han experimentado el mismo deseo de explorar lugares fuera de su comunidad.
Por EMILY VELÁSQUEZ
EL NUEVO SOL
Yo siempre fui el tipo de persona que le tiene miedo a todo. Soy una adulta dependiente de mis padres estrictos, no me arriesgo y odio estar en situaciones incómodas. Sin embargo, siempre anhelé algo más.
Fue durante el semestre de primavera de mi tercer año de universidad cuando decidí, a espaldas de mis padres, solicitar ingreso a programas de verano de filosofía fuera del estado. Todos los programas eran gratuitos, lo que me dio la seguridad de que, si me aceptaban en alguno, existía una posibilidad real de poder asistir. Después de meses de espera ansiosa, finalmente recibí un email de aceptación para el Programa de Verano de Filosofía de Hamilton College, o HCSPiP, en Nueva York. Estaba eufórica cuando me enteré, porque no solo el viaje completo estaba pagado, incluyendo los vuelos, sino que además podría viajar a la costa este, lo cual había sido un sueño para mí.
Desafortunadamente, esto significaba tener que hablar con mis padres sobre el hecho de que había solicitado estos programas, y rezar para que me dejaran ir. Mi madre es más comprensiva, pero tenía que convencer a mi padre, que es muy sobreprotector.
Me tomó alrededor de una semana conseguir la aprobación de mi padre para asistir al programa. Después de días de repetirle los beneficios y explicarle que era completamente gratis, él también se arriesgó a decir que sí.
El primer obstáculo estaba superado, el siguiente era prepararme para tomar un vuelo y pasar dos semanas sola al otro lado del país. No había mucho que pudiera hacer en el tiempo que transcurrió entre la aceptación y el viaje, así que simplemente lidié con la ansiedad.
El día de mis vuelos, no pude comer porque me sentía mareada todo el día. Tenía más miedo de perderme en los aeropuertos que de estar en el avión. Cuando aterricé en Nueva York, hacía mucha más humedad de la que esperaba.
Cuando digo que fui a Nueva York, la gente asume que fui a la ciudad. Aunque eso habría sido divertido, asistí al programa en un pequeño pueblo rural llamado Clinton, a una hora de Syracuse. Como alguien que nació y creció en una gran ciudad, me impresionó la cantidad de árboles que vi. Mirando por la ventanilla del coche, era lo único que se veía. Durante el programa, obviamente aprendí mucho sobre filosofía, pero también viví muchísimas experiencias que, aunque parezcan pequeñas, fueron muy emocionantes para mí. Vi luciérnagas por primera vez, estuve más cerca de un ciervo de lo que nunca antes había estado, hice una caminata difícil por una pendiente empinada y me sentí muy independiente.
Cuando volví a casa, sentí que me había transformado en una persona completamente nueva, como una mariposa que sale de su capullo. Aunque todavía me dan miedo muchas cosas, aprendí a confiar en mí misma a la hora de asumir riesgos y experimentar cosas nuevas.
Muchos estudiantes latinos han experimentado el mismo deseo de explorar lugares fuera de su comunidad. En California, 54% de los estudiantes de primer año estudian fuera del estado. Hablar de esto con los padres latinos puede parecer una conversación imposible, pero we are mitú publicó un articulo para ayudar.
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